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sábado, noviembre 26, 2005

Con pudor, sepan perdonar el primer intento poético de mi vida

6:43 a.m.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey
mi lengua es ágil pluma de escribano.(Salm. 44,2)

Pero muy por el contrario, noto que la lengua se me añuda y entorpece. Mis palabras y versos son muy pobres e indignos del Rey al que sirvo, por eso recurro a ti Rey‑Salmista:

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.(Salm. 44,3)

Si mi señor, tu eres el mas bello de los hombres, y por eso:

quise siempre imitarte,
quise hacer belleza con mi vida,
quise pintar con vivos colores,
quise copiar tus profundos trazos,
para poder enllenarme de amores.

Pero la más de las veces fue tarea perdida,
porque mi torpe pulso buscar su propio rumbo quiso,
y el fruto que de allí surgió fue obra torcida,
que no conoció el sabor
de dejarse guiar por aquel que lo hizo.

Por eso reconozco lleno de amor
que solo de tus labios se derrama la gracia
con vivos colores de paleta esmeralda
y sólo ellos pueden pintar el vacío y el dolor
de este siervo tuyo que te busca con pertinacia.

Por todo esto Rey‑Poeta David te necesito, como un ciego a su guía, para pintar a mi Rey:

Cíñete al flanco la espada, (valiente!:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justica,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te tinden,
se acobardan los enemigos del Rey.(Salm. 44,4‑6)

Si mi señor cíñete al flanco esa espada,
que yo tantas veces dejé caer,
a veces por vergüenza y otras por nada
no mostré al mundo
el roce cortante de tu palabra afilada.

Permitiendo que creciera en mi alma enmudecida
el herrumbre y moho inmundo
sobre aquella arma llamada a ser homicida
de los vicios y torpezas
que el padre de la mentira
infunde en las almas cándidas de pureza.

Por eso señor ya que sólo tu eres valiente,
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
y haz que tu diestra me enseñe a realizar proezas
con las flechas agudas de palabras que riman
pero sé que para manejar la espada afilada de tu palabra
necesito gran corazón y pericia
porque es espada y dejar de cortar no puede
y si el pulso que la empuña no es muy ducho
puede hacer gran daño y no del leve.

Pero como señor, perseverar en tus caminos
si mi corazón es tan cambiante
y el mundo atractivo pasto para que en él me sebe
sólo una cosa puede fijar de los hombres los destinos
y eso lo cantó el Rey‑cantante:

Tu trono, (oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.(Salm. 44,7‑8)

Enseñame señor ese trono
con el que los hombres quisieron honrarte
palos en cruz y agudos clavos
más insultos, desprecios y burlas para matarte.

Muestrame ese cetro señor
con el que tus hijos quisimos distinguirte
lanza afilada que rompió tu costado
de manos cobardes y sin valor
que con el agua brotada de ti lavaste
para que en nosotros no quedara del pecado el hedor.

Todo esto quisiste por amor de la justicia
todo esto quisiste por odio de la impiedad
destrozaste tu cuerpo, lirio purísimo
derramaste tu sangre, brebaje de amistad
este es el aceite de ungido amadísimo
que es el júbilo de todos aquellos
que estábamos aplastados por la maldad.

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