No tengo derecho a estar triste
y puede que sea la peor tortura
no tener derecho ni a la amargura
cáncer melancólico que en mi existe.
No tengo derecho a este parásito
asqueroso que adherido a mi alma
absorbe lo mejor de mi, y colma,
muda mis entrañas en pútrido depósito.
No tengo derecho a no saber
que no soy la tristeza
que mi esencia está ilesa
que todavía puedo conmover.
No tengo derecho y juro combate
contra todo intento y conato
de cualquier egoísmo ingrato
que empañe en mí el divino rescate.
No tengo derecho y me comprometo
al holocausto más cruel conocido
de los resortes internos que han podrido
de la alegría de mi vida el secreto.
No tengo derecho y gastaré el filo
de mi espada mellada
contra la fiera dentellada
que mi aliento, mi algarabía, mi júbilo
desgarra despiadada.
No tengo derecho y tensaré el hilo
de mi arco, de mis nervios, de mis venas,
desafiando tormentas, procela y penas
hasta sentir soplar el viento de mi estilo.
No tengo derecho y elevaré mi oración
arrodillado ante la cruz de mi espada
ya hubo quien crucificado humilló la nada
deviniendo inspirador de toda canción.
No tengo derecho si un Dios ha existido
que insultado por la angustia del pecado
dejando la calma de su estado
me ofrece consuelo de corazón herido
y costado traspasado.
No tengo derecho, no puedo, no quiero,
dejar pasar un minuto la alegría
del sol, del jazmín, de la rosa, del día
que chapotea travieso en el estero.
No tengo derecho, Señor,
tu me hiciste sacerdote
y aunque ridículo Quijote
me das también ser consuelo y peñor
de quien en la vida no tiene dote.
Por eso, no quiero, no puedo, no debo...
Conselheiro
sábado, noviembre 26, 2005
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